Promotores Discográficos en Colombia: Historia y Personajes

En las décadas sesenta, setenta y ochenta era común ver a los promotores discográficos con pesadas maletas que llevaban a la mano o cargadas en sus hombros. Contenían lo que denominaban como “material” para llevar a los distintos medios de comunicación.

Podían ser cargas de 20 kilos o más. Visitaban a los periodistas, locutores, directores y les hablaban de las “maravillas” de canciones, pero acentuaban en los “objetivos” propuestos por los comités artísticos.

Personajes como Alfonso “conejo” Barrios, Gabriel Pulido, Jaime Arturo Guerra Madrigal, Guillermo Torres, Raúl Molina, Alberto Suárez, Hernán Darío Usquiano, Efraín Acosta, Alirio Castillo, Uriel Giraldo, Juan Romero, Orlando Ríos, Arturo Zamudio, Néstor Restrepo, Fernando López Henao, Alberto Marín, Alberto Marín, Octavio Peláez, Héctor “el chinche” Ulloa, Rafael Velásquez, Humberto Moreno y Arturo de la Rosa, entre otros, dejaron una huella imborrable en la promoción discográfica e Colombia.

A veces, atinaban, pero otras veces, eran los programadores de emisoras o directores quienes cambiaban los “objetivos”, pero ante la propuesta de un impacto sonoro, pues se hacía el reemplazo y se comentaba en la próxima reunión en la compañía.

Otras veces, grandes éxitos quedaban guardados en los estantes de las emisoras y, de pronto, meses o años después, desempolvando resurgía como el ave fénix, la canción que haría bailar, divertir, gozar o sentir nostalgia.

El primer gran promotor discográfico que tuvo Colombia se llamó Guillermo Buitrago. Él encontró en las grabaciones la manera para impulsar su música, pero aún en el país no existía algo indispensable: las prensas.

La industria estadounidense era única que tenía las máquinas para prensar, pero la II Guerra Mundial paralizó las exportaciones. Una vez concluidas las batallas, la vida retornó a la normalidad, y comenzaron las distribuciones.

La historia discográfica en Colombia se podría decir que comenzó con la llegada de los fonógrafos en 1900, como un objeto de lujo para las casas y para algunos sitios de diversión.

Gramófonos mejorados llegaron años después y ante la insistencia de los músicos, debieron grabar en Nueva York y traer sus propias canciones como lo hiciera Emilio Murillo.

En Estados Unidos sólo unas pocas empresas tenían las máquinas para prensar: Deca, Columbian, Seeco, la RCA Víctor y dos o tres más.
 
Existían unas patentes que impedían conocer a fondo los sistemas. Pero, poco a poco, empleados que laboraron en esas industrias comenzaron a fabricar las máquinas y a ofrecer sus servicios a diversos sitios del mundo.

Crecía así la industria discográfica, la construcción de nuevos equipos de sonido y con la aparición de la Radio unieron esfuerzos para dar a conocer a miles de figuras del canto, agrupaciones, orquestas e iniciativas musicales.

En 1944 don Antonio Fuentes trajo la primera prensa del país. Fue instalada en su casa en Cartagena, en el solar, pero gastó dos años en poner en funcionamiento la máquina. El primer gran éxito fue “Compae Helidoro”.

Los pedidos comenzaron a llegar de distintas regiones y así nació entonces la industria discográfica en Colombia, pero muchos otros también importaron las prensas para complacer tanto a los artistas como al público en general.

El 9 de febrero de 1919, en El Paso, en el antiguo Magdalena y ahora el Cesar, nació Gilberto Alejandro Durán Díaz. El muchacho, descendiente de antioqueños y ejecutantes de instrumentos como guitarra y tiple, también encontró desde mucho sus anhelos musicales. 

Mientras realizaba las tareas del campo como sembrar, recoger cosechas y arriar animales, cantaba y en las reuniones de vaqueros tocaba violina, guacharaca y caja. Tenía un poco más de 25 años cuando encontró en el acordeón su pasatiempo favorito.

Cuentan que su primera canción se la dedicó a las mujeres que se encargaban de las labores de cocina.  Lo tituló como “Las cocas”, pero en realidad ya habría hecho muchos versos y canciones que quedaron en su memoria.

Alejo descubrió que su talento iba más allá de cantar en las fincas y entonces abrió paso a descubrir nuevas tarimas, por así decirlo. Comenzó un desfile por sitios, veredas, corregimientos y pueblos. 

Su fama lo hacía más popular y entonces compaginó las grabaciones que hizo, por ejemplo, en Barranquilla en la empresa de Víctor Amortegue, productor de la época. Luego grabó con Atlantic y con Discos Tropical. Unos años después fue llamado por Discos Fuentes también y otras pequeñas empresas.

Alejo grabó sus primeras canciones en esos acetatos de 78 revoluciones por minuto, él mismo vendía sus discos y los llevó a las emisoras. Allí lo entrevistaban y contaba sobre sus composiciones. 

Se convirtió también en un gran promotor discográfico. Su tarea le daba resultados: ganaba con las presentaciones y, además, conseguía algunas utilidades con las ventas de los acetatos. 

Su fama creció y su popularidad lo llevó a ser considerado como uno de los grandes de la música vallenata, invitado a participar en el Primer Festival de la Leyenda Vallenata, donde conquistó el corazón de los valduparenses con temas que llevaban ya incrustados en el alma: “Mi pedazo de acordeón”, una puya para la historia vallenata, “Alicia adorada”, que representa al son, “Elvirita”, un merengue y “La cachucha bacana”, un paseo.

Alejo Durán, el negro, como le decían también, fue el Rey de la Promoción Discográfica. Muchos cantantes siguieron sus pasos, pero su forma de llevar la música a la gente, a los medios, a los empresarios, originaron un estilo de venta. 

Lo demás es historia.

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