Israel Romero: disciplina, creación y permanencia de un legado

Más allá del acordeón: conoce el lado más humano, la disciplina y el legado inquebrantable de Israel Romero en la música vallenata.

Por Ricardo Gutiérrez Gutiérrez
No es tarea sencilla escribir con objetividad sobre un hombre con quien me une un vínculo profundo, que se extiende también a sus hermanos y a sus sobrinos. Ese lazo puede inclinar la palabra hacia el afecto. Sin embargo, asumo estas líneas con el compromiso de expresar lo que he conocido, lo que he observado y lo que he sentido en la trayectoria de Israel Romero, procurando que la admiración no desplace la verdad, sino que la acompañe con respeto.

Hablar de Israel Romero es adentrarse en una vida donde la música no es solo expresión, sino una construcción permanente de excelencia. Su historia no se levanta sobre episodios aislados, sino sobre una continuidad firme que nace en el hogar, bajo la guía de su padre, Escolástico, y la presencia luminosa de su madre, La Nuñe, quienes sembraron en él una noción indeclinable de disciplina, orden y sentido de pertenencia.

Aquella casa en Villanueva no era simplemente un hogar: era un espacio de formación silenciosa, donde la grandeza se forjaba en lo esencial. Allí, su padre afinaba y reconstruía los acordeones de los músicos de la región con una paciencia casi reverencial, como quien entiende que en cada instrumento habita una voz que merece ser respetada. No era un trabajo apresurado. Cada ajuste exigía tiempo, atención y un oído dispuesto a escuchar más allá de lo evidente. En ese ejercicio constante, hecho de calma y precisión, se revelaba una enseñanza profunda: la música no se impone, se cultiva. Se cuida, se corrige, se dignifica. Entre piezas desmontadas y sonidos que buscaban su forma definitiva, Israel Romero aprendió que el verdadero arte nace del detalle, de la constancia y del amor por lo que se hace. Aquella escena cotidiana, aparentemente sencilla, encerraba una lección mayor: la excelencia es paciencia sostenida.

En ese mismo entorno, guiado por sus hermanos mayores, Rafael y Norberto, se consolidó su formación musical. Ellos no solo reconocieron en él condiciones especiales, sino que lo orientaron con exigencia, enseñándole a escuchar, a respetar el conjunto y a comprender la función de cada nota. Esa base explica su carácter: meticuloso, disciplinado, profundamente comprometido con la calidad.

Villanueva era, además, un territorio creativo. En sus casas y espacios de encuentro, al calor de las parrandas, aprendió, conoció y evaluó saberes; allí se gestaban melodías y se estructuraban arreglos con naturalidad. Ese entorno, más que un escenario, fue una escuela viva donde el oído se afinaba en la escucha atenta y en el intercambio con otros músicos.

Su creatividad no es impulsiva, es rigurosa. Israel Romero somete cada idea a un proceso de revisión constante: analiza, corrige, depura. Su perfeccionismo no es un rasgo circunstancial, es una forma de vida. A todo le hace seguimiento, a todo le dedica tiempo, a todo le otorga importancia. Esa exigencia atraviesa su música y su cotidianidad.

En su faceta de compositor, su aporte ha sido determinante. Sus canciones, concebidas con estructura sólida, riqueza melódica y profundidad emocional, han nutrido de manera decisiva el repertorio de El Binomio de Oro de América a lo largo de distintas épocas, contribuyendo a sostener y proyectar su éxito.

Como acordeonista, su ejecución se distingue por la claridad, el equilibrio y la intención. Y como productor musical, su criterio ha sido fundamental: cada arreglo, cada acompañamiento, cada detalle responde a una visión clara orientada a la excelencia.

Esa exigencia se consolidó en su unión con Rafael Orozco, donde definió un estilo interpretativo y de producción claramente reconocible dentro del mundo vallenato. Cada línea melódica y cada estructura musical respondían a una dirección consciente, a una búsqueda de equilibrio y profundidad que elevó el nivel del género sin apartarlo de su esencia.


En el plano personal, su vida familiar representa uno de sus pilares más sólidos. De su unión con la distinguida dama barranquillera Esperanza Laforie, nacieron sus dos hijas y su hijo, Israel David Romero, quien hoy se consolida como figura de gran éxito dentro del El Binomio de Oro de América. En él no solo hay continuidad, sino evolución. El trabajo conjunto entre padre e hijo, acompañado por varios de sus sobrinos que también integran la agrupación, configura una verdadera dinastía musical donde la exigencia, el respeto y el compromiso son principios compartidos.

Varios de sus hermanos, tras años de entrega, han debido retirarse por el desgaste natural del oficio, pero permanecen unidos a él con un afecto profundo, acompañándolo y respaldándolo con admiración. A pesar de sus constantes viajes y compromisos, hay algo que no cambia: la necesidad de regresar. Desde Valledupar, donde reside, y en su permanente retorno a Villanueva, reafirma un vínculo emocional profundo. Volver a su gente es nutrirse, reencontrarse con la fuente que sostiene su sensibilidad.

Ese retorno se expresa en su relación cálida con sus paisanos y con los músicos de su tierra, en el cultivo constante de la amistad y en una tradición que mantiene viva: los partidos de fútbol semanales con sus amigos de siempre, una afición que nació junto a Rafael Orozco y que hoy sigue siendo un ritual de pertenencia.


Hubo, sin embargo, un momento en que la vida le impuso una pausa ineludible. La enfermedad lo apartó de los escenarios y del ritmo que había marcado su existencia durante años. Pero lejos de ser un tiempo vacío, fue un periodo de recogimiento que activó en mi amigo Israel, una dimensión más profunda: la de su fortaleza espiritual.

En ese silencio obligado, donde el aplauso se desvanece y el cuerpo exige reposo, emergió una enseñanza serena. Comprendió que la música no depende únicamente de la ejecución, sino de la conexión interior que la sostiene. Fue un tiempo de paciencia, de aceptación y de diálogo consigo mismo. Cada día se convirtió en un ejercicio de equilibrio.

La enfermedad no lo redujo; lo depuró. Le enseñó a valorar el tiempo con otra mirada, a entender que cada nota tiene un sentido más allá del escenario, y que el verdadero compromiso con la música nace del amor, no de la urgencia.

Y cuando regresó, no lo hizo únicamente como músico, sino como un hombre renovado en su interior: más sereno, más consciente, más fiel a su esencia. Porque en ese tránsito encontró una verdad que lo acompaña hasta hoy: la grandeza también se revela en la paciencia, en la dignidad y en la capacidad de sostenerse con firmeza en la adversidad.

Su sencillez es tan evidente como su grandeza. No hay en él artificios ni distancias. Sin embargo, esa cercanía convive con una disciplina estricta: su orden personal, su distancia con el trago y su rigor cotidiano reflejan una vida coherente con su exigencia.

En la íntimidad familiar, su nieto representa una nueva dimensión del afecto, una conexión serena que reafirma la continuidad del linaje. Y en cada uno de sus actos permanece la huella de sus padres, la guía de sus hermanos y el amor de su familia.

Israel, encarna una forma de entender el vallenato desde la disciplina, el conocimiento y la responsabilidad con el oficio. Su trayectoria no se sostiene en la notoriedad, sino en la constancia, en la exigencia que se impone a sí mismo y en la fidelidad a unos principios que no negocia.

En él convergen el ejecutante preciso, el compositor que estructura con sentido y el productor que no deja cabos sueltos. Pero, por encima de todo, hay un hombre que ha sabido mantenerse firme en sus convicciones, sostener a su familia como eje de su vida y preservar un vínculo real con su tierra y su gente.

Lo que ha construido no es circunstancial ni efímero: es el resultado de una vida dedicada a hacer las cosas bien, con rigor, con respeto y con profundidad

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